




Oscar Wilde dijo alguna vez que el patriotismo es la virtud de los déspotas. Sin embargo, ni la más fervorosa de las diatribas éticas en contra de los chauvinismos nacionales podrá jamás negar un hecho inamovible: que yo, Chile, existo. El país al que algunos aman y otros odian es un hecho real, pero mi realidad es de una naturaleza algo distinta a la realidad de un planeta, de una mesa o de una micro atestada de pasajeros deambulando por Santiago. Nosotros los países somos reales sólo porque ustedes las personas creen que somos reales; un país es una convención, una mera fórmula, una virtualidad, pero también un punto de convergencia, un espacio simbólico común, un encuentro de intenciones, un mínimo común múltiplo de todas las voluntades de un territorio. Algunos de mis habitantes, que se hacen llamar intelectuales, dicen que todo el universo de símbolos que poseen los humanos conforma su cultura. De ser así, yo soy cultura. ¡Extraña situación esta de ser cultura! Ni siquiera los 13 cóndores que aún sobreviven atrincherados en mis cumbres me pueden ver desde la altivez panóptica de su vuelo. Y creo que sus bisabuelos creerían en mi identidad todavía menos. Cada uno de mis hijos maquilla mi rostro a su manera, y sale tranquilamente a la calle, ignorante por completo de como gobierno por decreto su existencia. Yo, Chile, hijo de un padre conquistador, quien me heredó las palabras con las cuales observo cada día mi rostro joven y pobre en la marea mundana, y de una madre que me enseña demasiado como para derrochar los siglos en hablar, y a la que procuro olvidar. Yo, Chile, soy el epicentro sensible de la tragicomedia, o la canción de gesta, o la soberana lata de todos los chilenos. Hoy he decidido hablar, y hacerlo hacerlo junto a mis hijos. Como Cronos, estos son seis, y "por sus actos los conocereis".
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